La
modernidad se caracterizó por la búsqueda concienzuda de la verdad realizada
con espíritu crítico, y dicha crítica fue circunstancia voluntariamente
propiciada con el fin de acceder al conocimiento profundo de la realidad para
lograr su ansiada transparencia, es decir, un estado en el cual la realidad,
habiendo sida estudiada exhaustivamente, aparecería como al desnudo: esto
representaría un conocimiento absoluto, la corona de gloria digna de la Diosa
Razón. Pero, como tal, es un proceso – o fenómeno – que tuvo lugar sólo en
Europa y en Estados Unidos, en la cual el movimiento modernizador se tradujo en
desarrollo de la ciencia, la técnica y aun en el ámbito filosófico. Sin
embargo, su esencia mutó con el discurrir del tiempo, y al sonido mecanizado de
las fábricas de la revolución industrial, dejó de ser “experiencia crítica que
alienta movimientos para convertirse en ideología y culto lo moderno”. Culto compulsivo, que se tradujo
en afán creciente de acceder a nuevos estilos de vida, basada en la concepción
económica del progreso humano, y que constituiría el germen de la tendencia
consumista de la que, hoy más que nunca, tenemos patentes testimonios en
nuestra sociedad.
Al vaciarse
de la disertación teórica propia del ambiente auténticamente crítico e ilustrado,
las naciones modernas sufrieron una mutación de carácter cultural que
contribuye sustancialmente a explicar el ulterior panorama postmoderno: la
pérdida del sentido de la realidad. Al progresar los avances tecnológicos,
abocados a la sola misión de su propio desarrollo, los orfebres del modernismo
fueron descubriendo que la realidad poseía horizontes muchísimo más vastos de
lo que ellos habían sido capaces de imaginar, y que a medida en que se
profundizaba en el conocimiento de los aspectos específicos que estudiasen, el
avanzar hacia el extremo de la rama necesariamente implicaba la pérdida de
vista del tronco: significaba renunciar a la posibilidad de la unificación del
conocimiento para asumir que la realidad, si había de ser conocida a profundidad,
sólo lo sería de manera siempre especializada, fragmentada.
Desde
entonces, el estudio de la ciencia-técnica (porque, cabe decirlo, ambas se
toman en la actualidad de manera siempre correlativa, una al servicio de la
otra) se ha especializado. Vivimos en una sociedad en la cual el grado de
especialización el valor agregado a la persona. O, mejor dicho, representa un
valor agregado para la misma en un contexto de mercado. Podemos decir que el
hombre moderno, ante la magnitud de la información con la que cuenta sobre la realidad y la
complejidad de la misma, se ha percatado de la utopía que representa acceder al
conocimiento absoluto de la realidad. Y he aquí que la realidad total se
desfragmenta para el hombre moderno, pero esto no ocurre ya como método, sino
que se asume como parte misma de la realidad: irónicamente, Jesús
Martín-Barbero refiere una situación que se asemeja a la fábula de la zorra
que, al no poder alcanzar las uvas, las da por verdes para justificar el hecho
de no poseerlas. El hombre moderno encuentra su límite ante las inalcanzables
fronteras de la realidad, pero asume la fragmentación como aspecto natural de
la misma cuando, en realidad, ella sólo es el método humanamente necesario para
acceder al conocimiento de parte de la realidad. Y dada su opción, la
consecuencia es la pérdida del sentido de la realidad. Con esta artificio, la
realidad pasa a ser un terreno incierto: no existen valores absolutos, ni
éticos ni morales, que llenen de sentido la vida moderna. Y de ello se desprende
“un malestar”, “una imprecisa y ambigua conciencia de un cambio de época que
(…) articula dos movimientos: uno de rechazo a la razón totalizante y su
objeto, y otro de búsqueda de una unidad no violenta de lo múltiple, con la
consiguiente revaloración de las fracturas, los fragmentos y las minorías (…)”,
a la que Barbero denomina Postmodernidad.
Así
identificada la Postmodernidad, ella revela una profunda necesidad humana: la
de poseer un sentido en la vida no de orden material, sino de una naturaleza
superior, que le provea de valores trascendentes. Hay una necesidad de
trascendencia humana que la modernidad ha dejado al descubierto al tornarse
postmodernidad.
La otra
parte de la reflexión la complementa el reconocimiento no de una sola
modernidad, sino de varias modernidades, las que son emblemas de las naciones
latinoamericanas. El proceso por el cual ellas acceden a la modernidad difiere
en mucho del proceso europeo: su carácter no es, como en el del viejo
continente, de carácter científico o filosófico, sino de carácter artístico y
político. Adquiere elementos de filosofías europeas, pero “eso no lo reduce a
mera importación e imitación, porque como lo demuestra la historia cultural y
la sociología del arte y la literatura, ese modernismo es también secularización
del lenguaje, profesionalización del trabajo cultural, superación del complejo
colonial de inferioridad y liberación de una capacidad ‘antropofágica’ que se
propone ‘devorar al padre tótem europeo asimilando sus virtudes y tomando su
lugar’”. Y es que los contextos no son los mismos, ni las sociedades poseen las
mismas aspiraciones: al hacer una definición eurocentrista de la modernidad y
proceder a calificar a los pueblos latinoamericanos en función a este criterio
como “conformistas” o “alienados”, no se está adoptando una posición objetiva
del contexto para valorar que este determina la naturaleza de las necesidades,
y que estas reciben su valor real en función de los individuos que las
experimentan. Una característica del panorama modernizador latinoamericano es
que, pese a poseer diferentes legados culturales, en su proceso se encontraron
solidariamente unidos por una ambición sola: la de emancipación. De alguna
manera, ello engendró un vínculo entre
estas naciones, y que se traduce en constante intercambio cultural, en mayor o
menor grado. Y otra característica la representa por una alta tendencia a la
hibridación. Los pueblos latinoamericanos incorporan constantemente en su
acervo cultural características de otras culturas, pero no se puede decir que
se alienan completamente, pues estas importaciones rarísimas veces se mantienen
en su condición primigenia, sino que son incorporadas, modificadas y
apropiadas. De aquí que los pueblos latinoamericanos no posean sólo una
modernidad, sino varias modernidades, relacionadas entre sí por el vínculo
histórico de sus orígenes. Esta condición obliga a repensar la visión de
modernidad, con dos consecuencias: a) “la modernidad no es lineal e ineluctable
resultado en la cultura de la modernización socioeconómica, sino el entretejido
de múltiples temporalidades y mediaciones sociales, técnicas, políticas y
culturales”; y b) “quedan fuertemente heridos los imaginarios (…) que oponen
irreconciliablemente tradición y modernidad”.
Estas reflexiones pueden marcar la pauta de los comunicadores que trabajan proyectos para el desarrollo: asistimos a una época en la cual se padece una falta de sentido que se pretende llenar ineficazmente con información y consumo; y cuidar que el proyecto de desarrollo planteado no mire específicamente un solo aspecto, cuales pueden ser el político o el económico, entre otros, sino que ha de tender a la integración de todos los aspectos que componen en sí el desarrollo humano integral.
Oscar
Terrones Juárez, Docente de Comunicación para el Desarrollo de la Universidad “Santo
Toribio de Mogrovejo”
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